Ayudar, ser solidaria y estar a disposición de las personas que acompaña la Obra Social San Juan de Dios son las motivaciones que han llevado a Pilar Redondo a ser voluntaria durante casi cinco años. Ahora, en el Programa “No estás Solo”, lucha contra la soledad que sufren nuestros mayores.

Corría el mes de marzo y todos nos encontrábamos confinados cuando recibí una notificación de la Obra Social San Juan de Dios en el móvil “se necesitan voluntarios de forma urgente para estar al lado de nuestros mayores en soledad”.

¿Quién me lo diría a mí? Hace algo más de cuatro años, yo era una asidua de los mercadillos navideños, entre los que se encuentra el que realiza la Obra Social, y decidí formar parte del equipo de voluntariado. Desde entonces, he podido conocer a maravillosas personas, viajar a Granada para conocer la figura de San Juan de Dios y hasta organizar conjuntamente la participación de personas con discapacidad en la Cabalgata del Distrito de Chamartín para sembrar la semilla de la inclusión. Hechos que me han tocado profundamente el corazón y que me hacen estar más motivada que nunca. De ahí, también expandí el espíritu del voluntariado a mi marido, Julio. Ambos estamos a total disposición. Después de tanto tiempo, tengo claro que sea cuando sea pueden contar conmigo.

Por ello, al recibir aquella notificación, no lo dudamos ni un momento. Mi marido y yo quisimos ser parte de la red de voluntarios de “No estás solo”. Un programa con el que pude acompañar a tres personas, pero me gustaría destacar a una de ellas, Mari José. Una persona con la que pude conectar desde el primer momento. Su nombre es María José, pero los amigos le llamamos Pepa.

Pepa se encontraba sola, necesitaba comunicación: su madre había fallecido hace unos años y tenía una hermana con discapacidad a la que cuidaba, pero murió hace poco. En cuanto comenzamos a hablar, conectamos. Tanto es así que, al terminar el confinamiento, pudimos conocernos, tomar un café, quedar para merendar y dar paseos. Ahora tenemos una amistad. Tiene 79 años, es soltera, encantadora, trabajadora y luchadora. Sólo puedo decir cosas bonitas de ella.

Me gustaría contaros una anécdota muy curiosa: durante el confinamiento, le llamaba cada dos o tres días. Un día no pude llamarla porque me surgió algo personal y fue ella quien me llamó. Esto sucedió cuando apenas nos conocíamos, al inicio del programa, pero me pareció un gesto digno de admirar. Ella vio en mi voz una compañía ante la soledad a través de este programa.

Ayer mismo, estuvimos una hora al teléfono. Nuestras conversaciones fluyen entre recetas, tonterías que nos pasan, memes y flores en whatsapp e, incluso, de vez en cuando hablamos de política y despotricamos sobre ella. Hay un feeling mutuo. Este programa nos ha regalado una amistad. Puede ser una persona que tiene más años, pero es que el amor no tiene edad ni género. Se rompen fronteras y puedes conectar con cualquier persona.

Es curioso, ese hilo telefónico, que empezó con un simple “¿Qué tal?” y que mantuvimos mientras no pudimos salir, hemos podido transformarlo una pequeña amistad. Me siento feliz: con estas llamadas pioneras una persona que sentía sola, ya no lo está, y ambas hemos podido encontrado una amistad. La palabra que define a este programa es alegría. No sólo por la compañía que procuro sino por la emoción que siento yo también. Ha sido una gran satisfacción.

El problema de la soledad entre nuestros mayores es un problema de gigantescas dimensiones. Muchos mayores tienen miedo a que les pase algo y que estén solos. Sólo hace falta que bajes a la calle para verlo: en los bancos; solos, andando; solos, en verano con un calor achicharrante; solos, en los bares; solos. La soledad es una pandemia de primer nivel. Si pudiese pedirle un deseo a Dios, quisiera pedir continuar y extender el programa todo lo que se pueda.

¿Quieres acompañarles? Haz voluntariado