A pesar de no tener un hogar, Alexandra y Roberto le cantan a la vida. Dos historias que no solemos escuchar: los testimonios de los invisibles. Rostros que nos interpelan e invitan a sensibilizarnos con su situación: No tener hogar mata.

Mi nombre es Alexandra y soy una más de las 40.000 personas sin hogar que viven en España. Aunque, en estos momentos he conseguido instalarme con mi pareja en uno de los pisos tutelados que gestiona el Albergue San Juan de Dios en Madrid no siempre tuve la misma suerte. En mi país natal, Colombia trabajaba como farmacéutica hasta que dije que soy homosexual. En ese momento, comenzaron las represalias. Sólo me quedaba una opción: huir.

Ante esta situación, hace un año hicimos las maletas y nos refugiamos en España. Cuando llegamos de Colombia, yo y mi novia veníamos con muy poco dinero y nos pusimos a buscar trabajo de lo que podíamos. Afortunadamente, yo también canto y así comencé a buscarme la vida. Desafortunadamente y ante todo pronóstico, enfermé de la garganta. No podía seguir cantando ni trabajar porque no tenía mi documentación en regla. Era imposible buscar un trabajo.

Comenzó la pandemia y no teníamos una casa donde quedarnos y refugiarnos. Sin embargo, afortunadamente la directora de la orquesta en la que yo trabajaba nos permitió quedarnos en el local donde ensayamos. Era impactante: pasar de ser farmacéutica en tu país a disponer de unas sábanas por el suelo simulando una cama en este país que me acoge simplemente por tener una orientación sexual diferente.

Gracias a Dios, esta situación cambió cuando nos contactó Marta, Trabajadora Social del Albergue San Juan de Dios, y nos ofreció la posibilidad de estar en uno de sus pisos tutelados. Ella nos reanimó, nos insufló ganas de seguir peleando. Me quedo sin palabras de agradecimiento. Cuando la pandemia haya pasado, el ideal es empezar a trabajar tan pronto como terminemos de procesar todos los papeles. Hoy sin empleo ni hogar, al menos me queda la música, melodías que expresan el lenguaje universal de la libertad.

Mi nombre es Roberto y soy una más de las miles de personas que malvive en nuestro país. Actualmente, resido en el Albergue San Juan de Dios, un sitio que se ha convertido en un hogar para mí. Aunque tengo formación como Técnico Electrónica, durante la crisis económica perdí mi empleo, me separé de mi mujer y empecé a vivir en la calle.

Era la segunda vez que caía en esta situación. Desgraciadamente, durante la crisis muchas personas empezamos a vivir en la calle porque, como entendimos en aquel entonces, esto le puede pasar a cualquier persona. De la noche a la mañana, mi vida viró el timón y naufragué.

Cuando me preguntan por mi futuro, no tengo dudas: voy a seguir luchando con todas mis fuerzas para seguir adelante y salir de esta situación. Sueño con un mañana mejor y, aunque la crisis generada por la pandemia se cebe con los que somos vulnerables, no voy a dejar que tumbe mi voluntad.

Es complicado salir de esta realidad porque no tenemos ni base económica ni herramientas para poder erguirte. Desde el fondo de mi corazón, quisiese pedirle a la sociedad que nos dé una oportunidad de seguir luchando. Los trabajadores sociales y organizaciones como San Juan de Dios lo hacen. Ahora es el momento de que la sociedad no deje a nadie atrás. Los que estamos sufriendo más esta pandemia somos los más vulnerables de la sociedad; los que vivimos en la calle. Es momento de darnos oportunidades para poder soñar.

No tener casa mata

Aunque ya sabíamos que la esperanza de vida de una persona sin hogar es de 30 años menos que la media nacional, la pandemia de COVID-19 lo ha puesto en evidencia más que nunca: el mayor escudo ante este virus es la vivienda y, sin ella, no hay protección posible.

“La crisis del COVID está poniendo a mucha gente en la calle”, ha avisado la presidenta de la Red FACIAM de atención a personas sin hogar, Rosalía Portela, este jueves, con motivo de la presentación de la campaña por el Día de las Personas sin Hogar que se celebra bajo el lema ‘No tener casa mata. Y tú ¿qué dices? Di basta. Nadie Sin Hogar’.

Durante la pandemia, los centros que atienden personas sin hogar “colapsaron”, según afirma FACIAM. El Albergue San Juan de Dios pasó de atender a más de 100 personas en media pensión a pensión completa, implementar medidas sanitarias como repartir mascarillas y ampliar servicios. Esta situación hizo que fueran necesario más recursos económicos. “Si hay un nuevo confinamiento, las Administraciones deben estar preparadas. Ya saben el número de personas que deben atender y que las organizaciones de acogida volveremos a ser el primer espacio de acogida”, señala Rosalia.

Obra Social San Juan de Dios

La Obra Social de los Hermanos de San Juan de Dios apoya a miles de personas vulnerables dentro y fuera de nuestras fronteras. Entre otras acciones, apoya cuidando a los enfermos en sus momentos más difíciles, ofreciendo alimentos a familias necesitadas y protegiendo y acompañando a mayores, personas sin hogar, personas con discapacidad, personas con adicciones y personas con problemas de salud mental en nuestros centros.

Son muchas las personas que nos necesitan y gracias a las aportaciones de personas como tú podemos estar a su lado. Ahora más que nunca, Hospitalidad. Tu apoyo ahora es más necesario que nunca.