La jornada de trabajo de Miguel comienza a las 11 de la noche y termina a las 09 de la mañana. A él no le gusta que le llamen vigilante nocturno, porque como él mismo dice su “función es acompañar y estar pendiente para que todos nos sintamos como en casa”. Miguel lleva 15 años trabajando en el Albergue San Juan de Dios de Madrid y hoy nos cuenta, en primera persona, cómo este trabajo le ha cambiado la vida.

Comencé a trabajar de noche en el Albergue San Juan de Dios hace ya 15 años. Era mi primera experiencia con personas sin hogar. Al principio, no fui muy consciente de donde me estaba metiendo. No lo pensé mucho. Hoy, después de todos estos años, solo puedo estar agradecido porque me he dado cuenta de que cuanto más ayudo a otros más me ayudo a mí mismo. He descubierto mi propio bienestar a través del bienestar de los demás.

Los inicios fueron muy intensos y me acercaron a la realidad de las personas sin techo. Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de la gran labor que hacemos en el albergue. Da igual el trabajo que desempeñes: celador, cocinero, vigilante de seguridad, trabajador social… todos nos esforzamos en ofrecer el calor de un hogar a quien más lo necesita.

Este no es un trabajo normal y no se puede tomar como tal. Nosotros no generamos dinero, riqueza material ¿Qué producimos entonces? Contestando a esta pregunta daremos con la clave de este trabajo. En mi experiencia he descubierto la magia transformadora de tratar a una persona con respeto y cariño. Las personas que vienen a nuestro centro han sufrido el rechazo de la sociedad, muchos sienten vergüenza de encontrarse en la calle y tienen muy deteriorada la autoestima. Cuando llegan aquí y les llamas por su nombre, te comunicas con ellos de forma correcta y educada: te presentas, les das la mano y les ofreces tu ayuda, haciéndoles sentir como en casa, de repente, descubres su entrega, la paz que les genera tu buena acogida. Dejan a un lado la desconfianza y sonríen agradecidos. El milagro se produce y ves en los ojos de otros la magia de la transformación. Entonces comprendes que tu labor lo que produce es alma, humanidad.

Hoy me encuentro que cada vez son más los jóvenes inmigrantes que están con nosotros en el albergue. Son chicos educados, con una capacidad enorme de trabajo y mucha vitalidad. A pesar de las dificultades, afrontan la jornada con ganas y energía. Les miras y ves el dolor a través de sus ojos. Observas en ellos el deseo de sentirse acompañados y arropados por alguien en quien se puedan confiar y que les infunda fuerza para seguir adelante; ¿Qué hacemos por ellos? ¿Es suficiente con darles cama y comida? Mi responsabilidad como trabajador del albergue es empatizar con ese dolor, comprenderlo y contribuir a sanarlo. No pongo ningún límite en mi trato con ellos, por eso les hablo a menudo y les llamo a cada uno por su nombre. Quiero que sientan que están en su casa, que somos su familia y que estamos aquí para ayudar y acompañar.

En todos estos años de experiencia, he aprendido que para ayudar realmente a estas personas es importante no tomarse nada como personal. Uno debe aparcar los prejuicios, las exclusividades y manías que se puedan tener. Hay veces que conoces la dura realidad de algunas personas y las horribles cosas que han podido llegar a hacer. Pero esto no puede afectarte porque justo esa persona es la que más nos necesita. Quizá sea aquí, en el albergue, el único lugar del infierno de su vida en el que les van a tratar con dignidad y respeto. Cuando tratas bien a alguien que quizá llegue a pensar que no se lo merece, es cuando estás haciendo bien tu trabajo.

En la vida, cada uno de nosotros decide cómo quiere posicionarse y yo he decidido estar por ellos. Hay gente de mi alrededor que, cuando les informo donde trabajo, me dicen “pobrecitos”. Esto es totalmente erróneo. Las desgracias acechan en cualquier nivel y estrato social. Todos participamos de alguna manera de ellas. Lo más sorprendente es descubrir cómo muchas de las personas que atendemos aquí poseen una capacidad para afrontar el día a día muy por encima de la gente que tiene aparentemente normalizada su situación.

Tenemos que seguir trabajando para ofrecer la posibilidad de una vida mejor, más digna a todos los niveles. Pero esto no lo podemos hacer si no damos visibilidad al gran problema social que supone el sinhogarimo y la exclusión social. Hoy nuestra sociedad esconde todo aquello que no se atreve a afrontar y nuestro compromiso es dar la visibilidad y la voz que la sociedad niega a ciertas personas. Sobre todo, porque todos somos esas personas.

Miguel Ángel Salgado, celador nocturno del Albergue San Juan de Dios de Madrid.

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