Marita Guerra, Coordinadora del Grupo de Sensibilización de la Orden de San Juan de Dios, reflexiona sobre el valor de la sensibilización en la sociedad actual y la exclusión social.

La sensibilización se ha convertido en una de las herramientas fundamentales para reducir la exclusión social. Se trata de un proceso: una toma de conciencia personal que nos lleva a realizar una acción con un impacto global. Es muy interesante la sensibilización que se está produciendo en los últimos años en nuestra sociedad sobre el calentamiento global o el uso de plásticos. La difusión y el trabajo de muchas campañas están consiguiendo un verdadero cambio.

Algo parecido sucede en los procesos de exclusión social. En el área de sensibilización una parte muy importante recae en la empatía, tratar con las personas directamente. A menudo, durante la campaña de sensibilización sobre exclusión social y sinhogarismo que ha lanzado la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, La Vida Misma, escucho la frase “me fui metiendo en un problema del que me resultó muy difícil salir…” En esas circunstancias, debemos ponernos en la piel de quien vive en esa situación y preguntarnos ¿qué haría yo? ¿cómo habría reaccionado? La sensibilización tiene que ser capaz de poner en contacto directo a las personas con diferentes realidades para generar nuevas ideas y movilizar a las personas hasta conseguir un cambio.

Logros en materia de exclusión social y sensibilización

Nuestras sociedades han conseguido grandes logros en los últimos años. Uno es el establecimiento de indicadores de medición de la pobreza como el índice AROPE (del inglés, At Risk Of Poverty and/or Exclusion). Un índice que arroja luz sobre los datos de pobreza y exclusión social para comparar cada una de las realidades que viven los países europeos. Por ejemplo, según este índice, más de 12 millones (el 26,6% de la población) se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social en España.

Fuera de algo tan frío como un indicador, otro logro actual ha sido la creación de las comunidades cuidadoras. Por ejemplo, en algunos países nórdicos se afronta el apoyo a personas con necesidades de una manera más integral. Sus sistemas de protección abarcan no sólo la necesidad económica sino las necesidades de una red de apoyo social. Muchas veces, el proceso de individualización que vive nuestra sociedad nos hace perder el sentido de comunidad. Promoviendo comunidades de apoyo mutuo, construiremos barcas que nos mantendrán a flote cuando la verdadera necesidad llame a nuestra puerta.

Sin embargo, si ampliamos el concepto de exclusión social a todas aquellas personas que no se sientan identificadas con un modelo que les expulsa una y otra vez (por edad, género, procedencia, etc.) nos encontramos con muchas personas situadas en los “márgenes de integración”. Por este motivo, aún queda un reto muy importante en materia de exclusión social; construir sociedades integradoras que valoren la diversidad y la diferencia.