Miren Viña tiene un precioso testimonio que contarnos. Ella coordina al voluntariado que acompaña a personas mayores que se encuentran solas al final de su vida. Un programa lanzado desde el Hospital San Juan de Dios de Santurce que Miren vive diariamente con mucha ilusión.

María* era una residente gallega en un centro de Barakaldo y tenía un deseo antes de morir. Nunca se había atrevido a planteárselo al personal de la residencia porque le parecía una idea descabellada. Sin embargo, al poco tiempo de aceptar que una voluntaria de origen gallego le acompañase en sus últimos momentos, se sinceró. Su sueño era ir a comer a una pulpería para recordar su infancia en su casa de Galicia, donde comía pulpo a menudo. Juntas fueron a cumplir el sueño de María ¡Ya veis que aquello que realmente importa en la vida es fácil de conseguir! Son los pequeños gestos los que dan sentido a la vida y más cuando una persona se encuentra en sus últimos momentos.

Desde que empecé en este proyecto, he vivido momentos que me han dejado marcas muy profundas. Aunque día tras día muchos voluntarios ayudan a cumplir los últimos sueños de las personas mayores en vulnerabilidad que se encuentran en soledad, esta historia me impactó más que ninguna.

Es triste, pero la soledad es uno de los problemas más extendidos y graves de nuestra sociedad. Cada vez hay más personas que se sienten solas; hogares unipersonales o personas con dependencia que pasan días solas sin salir de casa. No es suficiente estar rodeado de gente, sino sentir que se está en compañía. La exclusión social afecta a muchos mayores porque no tienen contacto con nadie, ni siquiera con sus vecinos.

En este contexto, el voluntariado aporta vida y calidad de vida a quienes se encuentran solas al final de vida. Las personas acompañadas recuperan la ilusión. Muchas de ellas esperan con ansia ese día de la semana en la que el voluntario o voluntaria comparte un poquito de su vida con ellas. Los voluntarios les ayudan a paliar parte del sufrimiento que supone sentirse en soledad. No es sólo un acto de altruismo o generosidad, sino de amor. Cuando alguien deja su vida para dedicarle ese tiempo a otra persona, lo que está dando es afecto, cariño… y no hay nada más valioso en este mundo.

Esa ayuda no sólo cambia los últimos momentos de la vida de quien vive en soledad. También cambia la vida del voluntariado. Es recíproca. La gran mayoría de las personas voluntarias me dicen que han comenzado a valorar los pequeños detalles a través de esta experiencia. Los encuentran como grandes regalos de la vida. Acompañar en los últimos momentos les enseña a vivir.

El contacto con la muerte enseña a valorar lo que merece la pena: las relaciones con otras personas, la risa, el amor y los buenos momentos. Enseña a disfrutar del viaje de la vida, a celebrar las cosas buenas que nos pasan y a relativizar las malas. Hay mucha grandeza en saber acompañar a alguien en sus últimos momentos.

*María es el nombre ficticio para conservar la intimidad de la persona.