Desde el pasado mes de abril de 2020, cuando estalló la pandemia, comencé a participar como voluntaria en el Programa de Acompañamiento a Personas Mayores organizado por la Obra Social de San Juan de Dios. La propuesta era dar compañía a través de llamadas telefónicas a personas que estaban aisladas en sus casa por el confinamiento, sin embargo, esta labor se alargó hasta bien entrado el verano. Los que dedicamos nuestro tiempo a este voluntariado sabemos que los lazos afectivos creados con estas personas no suelen terminar con la finalización del programa, sino que perduran semanas o meses, alentados por sentimientos de fraternidad y calor humano. Y esto es lo realmente valioso de mi colaboración como voluntaria.

Sabina, Felisa y Aurelia; de 90, 80 y 79 años respectivamente. Tres mujeres con las que charlé, y compartí una parte del tiempo a través del teléfono. A lo largo de nuestras charlas semanales nos fuimos poco a poco conociendo, yo les transmitía que las comprendía frente a cómo lo estaban pasando, empatizaba con ellas, dándome cuenta de lo que sentían y, en todo momento, quería mostrarles mi mayor interés y cariño hacia ellas.

Con cada una de ellas hablé de las cosas de la vida: sus creencias, sus tareas cotidianas, la pérdida de sus maridos e hijos ( con dolor irreprimible), la alegría que les transmitían sus nietos, los problemas acuciantes de salud, su inquebrantable lucha por mejorar cada día un poco más, salvando contrariedades y sufrimientos inesperados, la incertidumbre del futuro, las ganas de Felisa, todavía, por colaborar con los hermanos de SJD, cosiendo ropa, o el interés de Aurelia por hacer llegar un donativo a los hermanos, y el de Sabina por acompañar a otros ancianos. Fuimos poco a poco construyendo lazos humanos que rompían la soledad.

Tres mujeres, de Segovia y Palencia, provenientes del agro castellano y asentadas desde hace décadas en este Madrid acogedor y promisorio. Fueron conversaciones telefónicas cercanas y cariñosas y me quedó pendiente conocer sus caras, la mirada otoñal de sus ojos, los gestos que acompañaban nuestros diálogos, sus ademanes pausados o inquietos, su sonrisa agradecida al final de cada conversación. No, no lo echaré en falta, porque ellas supieron compensarlo con sus dulces palabras, el verdadero sello de sus sentimientos, su aire amable y un corazón grande que siempre me decía: gracias por llamar.

Ana María Rodríguez Álvarez