Un largo camino de la angustia a la esperanza

Obra Social San Juan de Dios
11 febrero 2018

Hola soy Vicente, tengo 59 años y vivo en Madrid. Quiero compartir con vosotros mi experiencia de vida, con la sencilla intención de  transmitiros que la vida nos puede llevar a situaciones inesperadas.

En  mayo de 2012 mi vida comenzó a desmoronarse. Me sentía perdido y absolutamente vacío. Paseaba por Madrid como un fantasma, sin levantar los ojos del suelo por vergüenza y miedo a encontrarme con alguien conocido. Tenía miedo y pensaba obsesivamente ¿por qué Dios se empeñaba en destruirme? Le culpaba por haber dejado de cuidarme y protegerme. Pero yo sé que para mí era más fácil culparle a él que reconocer mi parte de culpa.

Una noche al regresar a casa, tras otro día deambulando y después de  haber conseguido mal vender algunos objetos que me permitieron sobrevivir unas semanas más, comprobé que habían cortado la luz por falta de pago. Seguidamente me cortaron el gas, el teléfono, Internet… Me iba hundiendo y no veía que era yo quien estaba permitiendo la caída.

A finales de agosto, decidí que no era capaz de seguir. Hablé con Dios y con mis “muertecitos”, les pedí perdón por haberles culpado de mis males. Pero una noche al regresar a casa los propietarios habían decidido actuar y cambiaron la cerradura, no pude entrar. Estaba en la calle. Había llegado el momento de tomar una decisión radical.

Yo no sabía nada acerca de comedores sociales o albergues. Me convertí en un cadáver social. Pedí ayuda a la familia y a los amigos, pero simplemente no quisieron saber nada del problema. Me di cuenta de que había dejado de ser una persona, para convertirme en un problema. Solo algunas personas me ayudaron al principio, pero poco a poco también se fueron desentendiendo.

Tras pasar unos meses en casa de unos familiares, la situación continuó complicándose y en 2012, de nuevo, estaba en la calle. Alguien me habló del Albergue de San Juan de Dios de Madrid. Fui admitido y a partir de ese momento comencé a remontar. Tener asegurado un lugar donde dormir, asearme, desayunar y cenar fue para mí una salvación. Estoy muy agradecido a todas las personas del Centro: la trabajadora, los voluntarios, colaboradores y los compañeros. ¡Un auténtico regalo del cielo!